Cómo el encuentro con la mujer samaritana revela el corazón de Cristo
«El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás; el agua que yo le daré se convertirá en él en un manantial que brota para vida eterna.»
(Juan 4,14)
Hay páginas del Evangelio tan conocidas que corren el riesgo de volverse familiares. Las leemos una vez más, asentimos con la cabeza y seguimos adelante. Ya sabemos cómo termina la historia.
Eso puede sucedernos con el encuentro de Jesús y la mujer samaritana.
Pensamos inmediatamente en el agua viva. En la conversión de aquella mujer. En la hermosa enseñanza sobre la adoración "en espíritu y en verdad".
Pero quizá estamos comenzando la lectura demasiado tarde.
Porque el verdadero asombro del relato aparece antes de que Jesús pronuncie su primera enseñanza.
Comienza con una conversación.
Una conversación que, humanamente hablando, nunca debió ocurrir.
Imaginemos por un momento que estamos sentados junto al pozo de Jacob.
No somos cristianos del siglo XXI.
Somos peregrinos judíos que viajan por Samaría.
Vemos llegar a un rabino acompañado de sus discípulos. Nada llama especialmente la atención. Hasta que los discípulos se marchan al pueblo y una mujer se acerca sola para sacar agua.
Entonces sucede algo inesperado.
El rabino rompe el silencio.
—«Dame de beber.»
Solo tres palabras.
Tres palabras capaces de derribar siglos de distancia.
Porque aquella mujer no era simplemente una desconocida.
Era samaritana.
Y los samaritanos eran considerados enemigos religiosos del pueblo judío. Ambos compartían la fe en el Dios de Israel y veneraban la Ley de Moisés, pero estaban divididos por profundas heridas históricas y por una antigua disputa sobre el lugar legítimo para dar culto a Dios.
La sorpresa de la mujer no nace de la cortesía.
Nace del desconcierto.
«¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?»
Su pregunta es la misma que cualquier testigo de aquella escena habría formulado.
¿Por qué este hombre rompe una barrera que todos consideran normal?
Sin embargo, esa es precisamente la forma de actuar de Cristo.
Donde nosotros levantamos muros, Él comienza una conversación.
No empieza con un sermón.
No comienza recordándole sus errores.
Ni siquiera inicia hablando de Dios.
Empieza pidiendo un poco de agua.
El Señor siempre parte de aquello que conocemos para conducirnos hacia aquello que todavía ignoramos.
Parte de la sed del cuerpo para revelar la sed del alma.
A medida que avanza el diálogo, descubrimos que Jesús no solo está hablando con una mujer.
Está restaurando una persona.
Conoce toda su historia.
Conoce las heridas que nadie más conoce.
Conoce las decisiones que la llevaron a vivir aislada.
Y, sin embargo, no la humilla.
La verdad sale a la luz, pero lo hace envuelta en misericordia.
¡Qué distinta es la pedagogía de Dios de la nuestra!
Nosotros solemos clasificar a las personas según su pasado.
Cristo las mira según el futuro al que las llama.
No ignora el pecado.
Pero tampoco permite que el pecado tenga la última palabra.
En ese momento la conversación cambia de nivel.
La mujer plantea la antigua discusión entre judíos y samaritanos.
¿Dónde debe adorarse a Dios?
¿En Jerusalén?
¿En el monte Garizim?
Es una pregunta religiosa.
Jesús responde con una revelación.
Está llegando la hora en que la verdadera adoración no dependerá de una montaña ni de un templo construido por manos humanas.
El Padre busca adoradores en espíritu y en verdad.
No porque los lugares santos hayan perdido su valor, sino porque en Cristo comienza una realidad infinitamente mayor.
Dios quiere habitar en el corazón del hombre.
San Agustín expresó esta verdad con palabras que siguen resonando después de dieciséis siglos:
«Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.»
Quizá esa inquietud era la verdadera sed de la mujer samaritana.
Y quizá también sea la nuestra.
Hay un detalle que fácilmente pasa desapercibido.
Después de hablar con Jesús, la mujer deja su cántaro.
San Juan podría haber omitido ese pequeño dato.
Sin embargo, el Espíritu Santo quiso conservarlo.
Los Padres de la Iglesia vieron en ese gesto un símbolo de la conversión.
Orígenes observa que quien encuentra a Cristo comienza a abandonar aquello que antes consideraba indispensable. El cántaro representa esa antigua búsqueda que ya no ocupa el centro de la vida.
La mujer había llegado buscando agua.
Regresa llevando una noticia.
Había venido sola.
Ahora corre hacia su pueblo.
Había ocultado su historia.
Ahora anuncia públicamente a Aquel que la conoce por completo.
Eso hace Cristo.
No solamente perdona.
Transforma al pecador en discípulo y al discípulo en misionero.
Al leer este pasaje resulta tentador pensar que nosotros ocupamos el lugar de los discípulos, observando desde fuera lo que sucede.
Pero el Evangelio nunca nos permite permanecer como espectadores.
Tarde o temprano descubrimos que somos nosotros quienes llegamos cada día con nuestro cántaro.
También nosotros buscamos agua donde no puede encontrarse.
Buscamos seguridad en el éxito.
Paz en el control.
Identidad en la aprobación de los demás.
Y terminamos regresando una y otra vez con la misma sed.
Entonces Cristo vuelve a esperarnos.
No junto al pozo de Jacob.
Sino junto a los pozos cotidianos de nuestra vida.
En una capilla silenciosa.
En la Eucaristía.
En un momento de oración.
En una confesión largamente pospuesta.
Siempre comienza igual.
No con un reproche.
Con una invitación.
Quizá el mayor milagro de este pasaje no sea que Jesús conociera el pasado de aquella mujer.
El verdadero milagro es que logró hacerla mirar hacia el futuro.
Eso sigue haciendo con cada uno de nosotros.
Porque la santidad no consiste en haber tenido un pasado perfecto.
Consiste en dejar que Cristo tenga la última palabra sobre nuestra historia.
Y esa palabra nunca es la desesperanza.
Siempre es una invitación a beber del agua que salta hasta la vida eterna.
Para la oración
Antes de cerrar el Evangelio, vale la pena permanecer unos minutos en silencio y preguntarnos:
¿Cuál es el cántaro que todavía me resisto a dejar a los pies de Cristo?
Tal vez esa sea la pregunta con la que el Señor desea comenzar hoy una conversación que, humanamente hablando, tampoco parecía destinada a ocurrir.
Cinco barreras que quizá pasaron desapercibidas.
La primera barrera era cultural.
No era solamente un judío hablando con una samaritana.
Era un miembro de un pueblo que había aprendido durante generaciones a desconfiar del otro.
Jesús comienza donde todos esperaban distancia.
La segunda barrera era social.
Los rabinos evitaban conversar en público con mujeres desconocidas.
Jesús no ve primero una categoría social.
Ve una persona.
La tercera barrera era religiosa.
Durante siglos se había discutido cuál era el verdadero lugar para adorar a Dios.
Jesús responde elevando completamente la conversación.
No elige Jerusalén.
No elige Garizim.
Habla del corazón.
La cuarta barrera era moral.
Jesús conoce la historia de aquella mujer.
No relativiza el pecado.
Pero tampoco identifica a la persona con su pecado.
La verdad y la misericordia aparecen unidas.
La quinta barrera era espiritual.
Quizá la más sorprendente.
Jesús decide manifestarse como Mesías precisamente a quien nadie habría imaginado.
No comienza por los grandes de Jerusalén.
Comienza por una mujer samaritana.
Eso revela cómo actúa Dios.
No era solamente un judío hablando con una samaritana.
Era un miembro de un pueblo que había aprendido durante generaciones a desconfiar del otro.
Jesús comienza donde todos esperaban distancia.
La segunda barrera era social.
Los rabinos evitaban conversar en público con mujeres desconocidas.
Jesús no ve primero una categoría social.
Ve una persona.
La tercera barrera era religiosa.
Durante siglos se había discutido cuál era el verdadero lugar para adorar a Dios.
Jesús responde elevando completamente la conversación.
No elige Jerusalén.
No elige Garizim.
Habla del corazón.
La cuarta barrera era moral.
Jesús conoce la historia de aquella mujer.
No relativiza el pecado.
Pero tampoco identifica a la persona con su pecado.
La verdad y la misericordia aparecen unidas.
La quinta barrera era espiritual.
Quizá la más sorprendente.
Jesús decide manifestarse como Mesías precisamente a quien nadie habría imaginado.
No comienza por los grandes de Jerusalén.
Comienza por una mujer samaritana.
Eso revela cómo actúa Dios.
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